domingo, 9 de julio de 2017

ESTA JULIA...



Uno de los tantos misterios “que la pobreza da”, es la cruz que ella arrastró resignadamente durante su vida, llena de penurias, estrecheces y privaciones, presente en muchos paisanos de nuestra tierra. Por eso si ven una “calandria sin voz”,  esa es su alma en pena.

¿Quién fue esa mujer “con sus pasos cansados y su mirada gris”, que evocan en su canción primogénita, el escritor Alfredo Gesualdi (h) y el músico Luis Giménez?
Creo que muy pocos saben, fuera de algunos victoriquenses que la conocieron, a quien describe y que esa “calandria sin voz”, era una mujer de las orillas de Victorica.
Con ese poema transparente, comienza el vuelo del escritor, que hacía una década había iniciado, junto a su amigo Lalo Sosa, de la zona de La Pastoril,  a recorrer la huella del canto popular y sobre todo definidamente regional. Fue poniéndole música a la corralera, con tema de Sosa, dedicado a don Irineo Figueroa , un antiguo tropero, que hacía la travesía, cuando todavía las haciendas llegaban a las ferias mediante tropas, que demandaban varios días  y a veces semanas, para arribar a destino.
En el frente del edificio todavía se lee 1907, seguramente la fecha en que se terminó el frontispicio de esta propiedad construída frente a la estación del Ferrocarril del Oeste que llegó en 1908. En aquellos años la propiedad era de los hermanos Gómez. En la década de 1970 allí funcionó inicialmente el Bar "El Diablo Rojo"

Mujer humilde
Ella, era una mujer de baja estatura, cara alargada, ojos pardos, nariz achatada, piel de color cetrina, de cutis curtido por el sol y el pampero, cabello de color azabache, que lucía trenzado, peinado con raya al centro. Usaba vestido o pollera y blusa, en verano y en los inviernos bajo cero, saco y poncho. De alpargatas diarias y zapato en ocasiones especiales. Sus piernas cortas, medio arqueadas, denunciaban que de muy pequeña había andado a caballo durante varios años y su espalda medio doblada, de tanto llevar el atado de leña para el rancho. Fumaba cigarrillos que ella misma armaba, mezclando tabaco y papel que llevaba en su tabaquera, junto a una caja de fósforos.

Su compañero, con quien había tenido un hijo, era un jornalero que vivía en los campos, cuando el trabajo abundaba, aunque la paga era escasa y todavía no existía el estatuto del peón rural.
A menudo ella no tenía que echarle a la olla de tres patas, entonces recorría algunos comercios solicitando algún gesto de criolla solidaridad. Alfredito la veía, porque precisamente al lado de su casa paterna, estaba la carnicería de don Miguel Peralta y “Chumo” Riela y más allá el comercio de su abuelo italiano don Vicente Imbelloni, a media cuadra el hotel de Nicola Di Dio y enfrente la Municipalidad, que observaba desde la vereda de su casa. Por eso el primer verso dice “Yo la vi, transitar esas calles”.
El duo Los Pampas, Agustín Borthiry guitarra en mano y a su lado Alfredo Gesualdi (h)

El “Diablo Rojo”
Cuando a principio de la década de 1970  volvió la democracia, de la mano de un gobierno popular, se abrieron las peñas y los boliches reactivaron los bailes. Alfredito la vio bailar en el Bar   “El Diablo Rojo” de Lázaro Jofré, cuando su bailanta estaba en el edificio de la esquina frente a la estación del antiguo ferrocarril del oeste, que pertenecía en ese entonces a la familia de Atilio Viglino.
Precisamente fue con René Viglino, que Alfredito integró un dúo. Aprendió a tocar intuitivamente la guitarra con algunas indicaciones del amigo, haciéndolo en una de las que su padre tenía para la venta en el local de "Líder Sport".

La mujer capturó la atención del ojo poético que comenzaba a desarrollarse, porque a pesar de la pobreza, muchas veces rayando en la miseria, con los pocos pesos que conseguía Julia, haciendo algunas changas, como acarrear agua del grifo, hachar leña en algunas casas, cortar los yuyos o lavar y planchar algunas mudas de ropa, ella era el “duende nocturno”, la del “ángel oculto” que se empolvaba, coloreaba sus mejillas, se pintaba los labios y se ponía algunas alhajas. Y los fines de semana recorría el pueblo de una punta a la otra. Se hacía más de treinta cuadras “y andará cavilando en la noche/ descifrando el misterio que la pobreza da” escribió el poeta, en un tono de reproche por tanta injusticia social hacia ella y los de su tribu originaria, que fueron los antiguos dueños de la tierra por la comarca de Leuvucó, al norte, en Poitahue hacia el sur,  y hasta los confines de Thanantué por el oeste.

Y como a veces casi nadie la sacaba a bailar, ella danzaba sola, o con su hijo. Probablemente el placer por el baile vendría de recuerdos de las mujeres ancestrales de su familia, o de cuando era niña y miraba de afuera los bailes en los galpones del ferrocarril o en las yerras de la zona. O quizá en los de la familia Pral, o en la cancha de Cochicó donde tocaba el acordeón verdulera don Calfuán.
 El local del boliche "La Posta" el refugio de los cantores populares en la larga y triste noche de la dictadura del "Proceso de Reorganización Nacional", atendido por don Valentín Ramos y su esposa doña Luisa Torres

Julia la musa
Julia Relmo fue analfabeta, descendiente de familia indígena, pobre de solemnidad. Según el investigador de la toponimia Eliseo Tello, “Relmo o Relmu, es el arco iris y así se llamaba un cacique ranquel”. Don Esteban Erize en el tomo 5º de su diccionario dejó escrito que “Relmu, reina de los pinares es el título de una obra novelada de Estanislao Zeballos referida a los pehuenches patagónicos.” 

El investigador de la genealogía indígena pampeana José Depetris, dice que en Loventuel existió un paisano Relmo, cuya compañera se llamaba Julia precisamente. Es altamente probable que hayan sido ellos. La musa inspiradora, vivía en un ranchito que estaba en la última manzana de los Pisaderos, sobre el camino viejo, que unía Victorica con Telén. Me queda la duda, si alguna vez Tello la consultó, porque él visitaba a la familia Medina que vivía en la loma de Los Pisaderos, hacia donde lo solía ver pasar con una tira de asado y una botella de vino. 

Algunos la conocimos cuando nos encontrábamos en la década de 1950 en el grifo, en la esquina de la manzana donde estaba el boliche de Matías Ramos, que después fuera de Irineo Figueroa y finalmente el Bar “El Puma” de Chino de la Nava. El jagüel que tenía en su rancho se había secado, igual que nuestros pozos familiares, a partir de fines de la década de 1940, cuando se instalaron las grandes bombas del Servicio de Obras Sanitarias de la Nación en los médanos cercanos. Desde el pie de los mismos  se extrajo el agua con que se alimentaron los grifos públicos y las conexiones a escuelas, el Banco, Hospital y otros organismos públicos.

Cruzando la calle, enfrente a su rancho, vivía el indio Olmo, más cerca de la laguna estaba el rancho de los Seivane y trasponiendo la calle, estaba la chacra de los Cazaux, donde vivía la familia Cortés y la del carneador Luzuriaga. Allí solíamos encontrarnos co Julia, quien igual que nosotros andaba juntando piquillín, chaucha de algarrobo y papa de monte, también poleo, carqueja, paico, tomillo y a veces pichana para hacer escobas.
 El duo "Las Voces del Pueblo" conformado en la década de 1970 por Pedro Cabal y su creador Alfredo Gesualdi, vestidos con ponchos con guarda pampa

El despertar del poeta
Alfredito desarrolló primero su gusto por la buena música folklórica nacional. Sus amigos Chumo y Pocho Riela, el primero un excelente bandoneonista y el segundo un muy buen dibujante, pintor y también bandoneonista, ambos jugadores del equipo de Cochicó. Ellos le hicieron escuchar a Los Andariegos, Los Quilla Huasi, Los Nombradores, Los Fronterizos y también a "Pichuco" Troilo y Astor Piazzola dos grandes bandoneonistas que ha dado nuestra Argentina.

En la quinta de la familia Riela, los músicos se solían juntar con los hermanos Urquiza: Hugo bandoneonista, Carlos y Beto guitarristas y ahí estaba Alfredo viendo, escuchando, y admirando algún ensayo para las noches de serenatas, algún acontecimiento familiar o encuentro amical en el boliche fogonero.
Victorica es un pueblo que siempre ha tenido los bares y confiterías del centro y los populares boliches de las orillas. Cuando en la década de 1970 llegó la última oleada de la diáspora saladina, arribaron los hermanos Fuentes. Se instalaron detrás del almacén de Nicolás Hermanos y ahí enseguida hicieron una ramada grande, armaron cancha de bochas y además del mostrador, pusieron mesas. 

En ese boliche Alfredito conoció por primera vez a “Chicho” Sejas, el autor de “Las Campanas de palo”. Lo que abrevó en esos boliches, que lo recibieron paisanamente, fue el rubio Néstor Massolo, quien volcó sus impresiones en el “Coplero de Victorica” de 1987, con ilustraciones de don Andrés Arcuri, maestro de Pocho Riela y de Osmar Sombra. “Alcánceme amigo Alfredo/ ese vaso de nostalgias/ y bebamos en las cuerdas/ el rezo de las guitarras.”(Poema Nº1) “Hermano Chicho la vuelta/por la vida ya está paga/si en el sueño de los pobres/el amor está de farra.” (Poema Nº5)

Después, Chicho fue  músico estable de “El Diablo Rojo”, acompañado por José Echeveste y los hermanos Morán, esos que grabó en 1975 Ercilla Moreno Chá, para el Documental Folklórico de la Provincia de La Pampa. Carlos Morán ejecutando una “verdulera”, interpretó una polca que había aprendido de su padre, don Claro, fue acompañado en esa ocasión por las guitarras de Roberto su hermano y Julio Cortés. Chicho grabó una ranchera ejecutada en acordeón a piano y también un estilo acompañándose en guitarra.
En la imagen, Las Voces del Pueblo integrado en la década de 1980 por los hermanos Luis y Alfredo Gesualdi, acompañados por el guitarrista victoriquense Julio Ortíz
 
La democracia y el canto popular.
En aquella apertura democrática fugaz de la década de 1970, que se devoró el Golpe de Estado de marzo de 1976, e instauró la más trágica dictadura, el joven Alfredito hizo su debut en público con el dúo “Los Pampas”, que integró con Agustín Borthiry. Luego formó las “Voces del Pueblo”, y junto a Pedro Cabal, antes del horror de la serpiente verde, alcanzaron a obtener en Cosquín una mención especial por su actuación, en la que interpretaron “La Chilquita” de El Bardino. A principios de 1977, se tuvo la noticia de la desaparición de su amigo Oscar Di Dio “en la noche de la infamia y el horror”, que todavía no ha concluido.

Esta Julia que yo nombro
Yo la vi, transitar esas calles,
con sus pasos cansados y su mirada gris
y la vi, a quien fuera pionera
de esta vida tan dura y le cuesta vivir.

Y ella va, en las siestas del pueblo,
con su bolsa mugrienta de pedir caridad.
Arrastrando en la cruz de los años,
la ancestral esperanza que nunca llegará.

Estribillo

Y andará cavilando en la noche,
descifrando el misterio que la pobreza da.
Y en las fiestas derramando ternura,
como duende nocturno, yo la veo bailar.

Esta Julia, que yo nombro en mis versos,
tiene un ángel oculto que trasluce en su piel.
Ella es, la flor del alpataco, la jarilla, el tomillo,
la calandria sin voz.
Letra y Música: Alfredo Gesualdi-Luis Giménez 


Sentado "Chicho" Sejas, rodeado por sus amigos "Laucha" Muñóz, Alfredito Gesualdi, Marito Ojeda y Pérez, parte de la barra de "La Posta"

La Posta
El refugio del canto popular y sus cultores durante la dictadura, fue “La Posta” de don Valentín Ramos y Luisa Torres, a media cuadra de la casa de Chicho y los hermanos Morán. Don Valentín había sido carrero y arriero y el solar de su casa fue parada de varios baqueanos del oficio. Allí se reunieron ellos, a los que se sumaron Alfredito, el “Negro” Dasso que vive a media cuadra, Pedro Cabal y a donde llegó después “El Bardino”. En una de las Fiestas de la Ganadería de esa década de 1970 Julio Domínguez habilitó peña en una casa de la esquina de la calle de entrada a Victorica. Llegó con su compañera Kuky Ramos, de ahí le quedaban dos cuadras a “La Posta”. Don Juan Arias, Nelo Leonardi, don Montenegro, Laucha Muñóz, Marito Ojeda, Rikin Lonati, Martincho, Josecho Echeveste y otros paisanos animaban los encuentros folklóricos.

En el anteúltimo verso el poeta introduce una metáfora, comparando a doña Julia con el alpataco. Dice el Ingeniero Agrónomo Guillermo Covas en su libro “Plantas Pampeanas” que la voz alpataco es de origen quechua y significa “planta de la tierra”. Juan Carlos Bustriazo Ortiz escribió: “El alpataco es un indio/que mira desde su hondura, /hosco, amargo, resistido, /para siempre y para nunca.
Pero a veces se me vuelve/silbo, grito y esperanza:/entonces el alpataco/es un paisano que canta.”
 
Esos criollos cantaban y tocaban la maravillosa la música que a Julia le encantaba bailar y tararear hasta las madrugadas. Había nacido  a principios del año 1916, cuando Argentina se aprestaba a concelebrar el primer centenario de nuestra independencia y los dirigentes del Territorio de la Pampa Central se ilusionaban con la posibilidad de su autonomía. Falleció el año 1992, el año que se cumplieron los 500 de la llegada de los españoles a América. La doctora María Fernanda Álvarez escribió como causa “insuficiencia respiratoria”, seguramente una vieja deuda que le cobró el consumo de tabaco. Sobrevivió los últimos años con una pensión de la caridad pública. Está sepultada en el cementerio de Victorica.


Fotos: Del autor de la nota y de la web.

Entrevista a Alfredo Gesualdi en Victorica febrero 2017 
Bigliografía consultada: citada en la nota






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