domingo, 23 de enero de 2011

FAMILIA LOPEZ SCALA

A principios de la década de 1930, se instaló en Victorica (Territorio Nacional de la Pampa Central), el médico Adolfo López Seoane, quien al poco tiempo se integró, como contratado, a la entonces Sala de Primeros Auxilios, a cargo de la Asociación de Beneficencia “María de las Mercedes”.

Tenía su casa de familia y consultorio particular, en la década del cuarenta, en la casa de don Francisco Lemme, frente al hogar de los Lamónica, sobre la calle San Martín. Nuestro abuelo Luis Cesanelli le hizo refacciones y ampliaciones en varias oportunidades para dotarla de las comodidades necesarias para una familia que crecía.

Allí acompañé una tarde a nuestra mamá Trinidad, quien tenía turno. Luego de un rato en la sala de espera y de hojear algunas revistas sobre una mesita, el doctor Seoane, como se lo conocía, hizo pasar a nuestra madre y me dijo que me quedara aguardando en la sala.
Recuerdo que cuando estábamos en la vereda y luego de avanzar unos cuantos pasos, como para evitar que alguien la escuchara, nuestra madre me comentó “está loco este si cree que yo me voy a operar”. Yo no sabía de qué, pero efectivamente doña Trinidad nunca se operó de la dolencia que la tenía a maltraer y vivió largas décadas. Es que ella se había criado al lado de su abuela Juana Paz, una de las mujeres cuarteleras y seguidoras de don Pancho Sierra, el curandero boenaerense muy idolatrado por los criollos.

A mi me tocó ser operado por el doctor López Seoane en el Hospital “Luisa Pedemonte de Pistarini” de amígdalas, cuando tenía cinco o seis años, por aquellos años parece que la prescripción de la comunidad médica indicaba correcto extirparlas.
En la escuela primaria fuimos compañeros de una de sus hijas. La más chica María Angélica, de sobrenombre “Maty”. La mayor, Teresa, se había recibido de docente y fue nuestra maestra de segundo grado en la Escuela Nacional Nº 7. Ella nos preparó en la casa familiar, al grupo que tomamos la primera comunión en aquellos años.

Los varones de la familia López Scala fueron Luis Alberto, Adolfo “Negro”, Guillermo Martín, José María, Carlos y Miguel Ángel “Micky” el más chico, que se recibió y ejerció de abogado.
Los hijos e hijas de la familia López Scala, animaron a su debido momento la vida social y cultural de Victorica, participando de algún deporte practicado dentro de la barra de amigos.
Los cinco hermanos varones, junto a su hermana menor María Angélica "Maty" en el corredor de la casa paterna

Por aquellos tiempos era común la organización de picnics en campos cercanos, donde era buena ocasión para el chapuzón en los tanques de los molinos cerca de las casas. Andar a caballo y gozar de algún asado a la criolla en la casa de los padres de sus amistades o salir a cazar, eran otras diversiones en la naturaleza.
Fueron asiduos concurrentes, durante los veranos, cuando regresaban a Victorica, desde la ciudad donde estaban estudiando, del Bar que frente a la plaza atendía por aquellos años “Nené” Amat.

Eran los que llevaban los últimos discos long play que habían adquirido, a veces para escucharlos y tararear su música y otras para bailar con ellos en los fines de semana de matiné o en algunas de las tantas fiestas de agasajo que se organizaban allí.

El único que siguió la profesión del padre fue Adolfo Manuel López Scala, quien luego de recibirse y de hacer alguna práctica en Capital Federal volvió a Victorica. Había estudiado el primer grado en el Colegio Salesiano y luego los restantes en la Escuela 7. Posteriormente fue a estudiar el secundario en San Isidro, de donde egresó en 1950 y luego ingresó en la Facultad de Medicina de la UBA., en la que se recibió en diciembre de 1958.

Regresó a Victorica a fines de 1959, comenzando a ejercer en el consultorio de su padre y viajando también a Luan Toro, donde no había por aquellos años médicos instalados.
Recuerdo que lo tuvimos de profesor en el Instituto Félix Romero en tercer año, en la materia, que en aquellos tiempos se llamaba Zoología. Un día se apareció con una rana y nos explicó todo el sistema nervioso, la que fue una clase bastante ilustrativa y práctica.

Don Adolfo López Seoane fue intendente municipal en la década del cuarenta en dos oportunidades. La primera entre agosto de 1940 y agosto de 1941, la segunda desde abril de 1943 y noviembre de 1944.

Fue además, Director del Hospital Luisa Pedemonte de Pistarini y uno de los médicos más recordados por su vocación de servicio, no sólo en Victorica sino en los alrededores de la emplia zona rural. Él fue quien hizo ingresar como enfermeras a varias jóvenes de la localidad a quienes previamente les dictó un curso preparatorio, entre ellas estaba nuestra tía Rosa Cesanelli.

Su hijo Luis Alberto fue Secretario General del Poder Ejecutivo de La Pampa en la época en que la gobernación estuvo a cargo de don Ángel Benjamín Trapaglia, el hombre oriundo de Victorica afincado luego en la vecina Telén.

El menor de los varones, Miguel Ángel, se recibió de abogado y ejerció su profesión en Santa Rosa. También su hija más pequeña se había recibido años antes de abogada y había comenzado a ejercer la profesión en Santa Rosa y Victorica a donde viajaba periódicamente. Lamentablemente en uno de esos viajes de regreso, un accidente automovilístico que la tuvo como protagonista, tronchó su vida a temprana edad, dejando sumida a la familia en inmensa tristeza.

A Teresita, como la llamaban a nuestra maestra, a quien le regalé los cuadernos de segundo grado a su pedido, la volví a ver muchos años después. Regresó a Victorica por una invitación nuestra para presenciar la presentación de mi libro “Historias de Vida” en febrero de 1999 en el salón del Club Cochicó, acompañada por su hermano “Micky”. Allí tuve la oportunidad de saludarla y entregarle un ejemplar del mismo.

Adolfo “el Negro” ya instalado en Santa Rosa fue el médico que asistió en casi todos los partos a mi esposa Sara García, oportunidad en la que nos encontrábamos en el Sanatorio, donde trabajó hasta hace pocos años.
Adolfo López Seoane era casado con Lía Scala, una pampeana oriunda de Uriburu, quien integró varias Instituciones de Victorica como la Comisión de la Biblioteca Popular Bartolomé Mitre y la Asociación de Beneficencia.
Teresita López Scala sostiene en sus brazos a su hermana menor, al lado izquierdo Adela Irma Saenz y del otro lado el "Negro" López Scala

Le gustaban las flores las que cultivaba en su jardín. Era católica practicante de infaltable participación en la misa diaria. En su casa solía recibir a sus amigas, con quienes departía tomando el té con masas finas y jugando a las cartas, la lotería de cartones o leyendo revistas o simplemente platicando acerca de las películas que se anunciaban próximamente en los cines, una de las salidas de fin de semana, mientras degustaban unos deliciosos bombones que casi nunca faltaban.

Parece que aún la veo en las tardes de verano sentada en la vereda, como era la costumbre en aquellos años de la década del cincuenta, junto a sus visitas, la señorita Clementina Maggioni, la señorita Rojo, la señora Antonia Ubalda Ortiz de Sáenz, la señora Susana Viñas de Frois, y otras amigas como María Bustos de Ares y Rosa Viniegra de Rebollo.
Los amigos de una cuadra alrededor de la plaza, en su etapa de la niñez.  Jorge Capello, López Scala, Alfredo Garzaniti y otros no identificados

Con la familia de Vidal Sáenz y Antonia Ortiz, los López Scala fueron además de amigos, compadres y en muchas ocasiones en que doña Antonia que sabía conducir vehículos, visitaba el campo “Los Eucaliptus” o “La Porteña” de Juan Llorens, solía llevar de visita a alguno de sus preferidos.

Doña Lía sabía “tirar las cartas”, lo que hacía entre sus amistades. Cierta vez doña Antonia Ortiz de Sáenz le solicitó que lo hiciera para ella. De la interpretación de lo que significaban las cartas, fue que en la familia alguien se vería afectado por una grave enfermedad. Efectivamente al poco tiempo don Vidal Sáenz recibió el diagnóstico de cáncer. A partir de ese momento doña Lía dejó de hacer este entretenimiento.

Como nuestra casa paterna quedaba sobre la misma calle dos cuadras más abajo, cerca de Los Pisaderos, muy a menudo me tocaba ir o venir por la misma, de vuelta de los mandados, de modo que tengo muy presente los recuerdos, por ejemplo del auto Ford "BB” color verde del médico, estacionado frente a la casa.
De izquierda a derecha: Dr. López Seoane, Eduardo Reyna Gerente Banco de la Nación, Lía Scala, maestra Antonia Camona, Marta Scala esposa de Interguglielmo, el maestro Interguglielmo director del periódico "Caldén", Teresita López Scala y Adela Irma Saenz, a la salida de misa probablemente domingo. El niño es Guillermo López Scala.

Ese auto que lo acompañó durante muchos años y con el cual pudo asistir a enfermos o accidentados en la comarca rural de Victorica y amplia zona de influencia cuando los caminos eran de tierra y algunos solo huellas arenosas, imposibles de transitar cuando la sequia y con grandes lagunas cuando las copiosas lluvias llegaban al oeste generosamente.

O me parece ver a la fiel enfermera Inés Medina, que trabajó junto a él durante muchos años, vestida de impecable delantal blanco con cofia y zapatillas blancas inmaculadas. Ella cumplía meticulosa y rigurosamente las indicaciones y las enseñanzas que había recibido de su jefe, en la época en que no existían los descartables.

En cierta ocasión vino un paisano al consultorio con una herida en una mano. Cuando López Seoane lo recibe siente inmediatamente un olor penetrante. Le pregunta que es ése olor a lo que el enfermo le dice que es guano de animal. Pero el médico, que tenía muchos años de combatir contra el curanderismo y la automedicación, que todavía a principios de la década del cincuenta era muy fuerte, se dio cuenta de que eso provenía de un animal de dos patas. Lo que el sujeto tenía aplicado era excremento humano. Lo despachó inmediatamente diciéndole que primero se lavara bien y que luego regresara.

  Don Vidal Saenz junto a su esposa Antonia Ubalda Ortíz, acompañando a la señora Lía Scala de López en el centro de la calle Coronel Ernesto Rodriguez

Después que todos sus hijos se fueron del pueblo y el médico ya retirado de la profesión, los esposos López Scala se vinieron a vivir a Santa Rosa, donde pasaron sus últimos años en compañía de algunos de sus hijos y nietos.

Allí recibió una distinción del Colegio Médico de La Pampa, junto a otros colegas, que habían desarrollado su profesión en otros pueblos de nuestra provincia, con la misma dedicación y el mismo esfuerzo de las primeras décadas de aquel Territorio Nacional de la Pampa Central.

Fotos: Dejo constancia y mi agradecimiento a la señora Adela Irma Saenz, quien me facilitó copias de todas las fotos que ilustran esta nota.

1 comentario:

  1. Muchas gracias Luis Roldan por recordar a mi familia con tanto respeto y cariño!

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